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martes, 15 de abril de 2014

Cielo alborotado



Por: Alexiel Vidam

Este domingo por fin pude darme un salto para ver Loco Cielo de Abril, película peruana dirigida por Sandro Ventura, cuyo cast de actores incluye a varios rostros conocidos de la TV, como Fiorella Rodríguez, Valeria Bringas y Adolfo Aguilar.

Para serles sincera, cuando observo caras populares de la TV, desconfío un poco; no es personal, es sólo que le tengo poco aprecio a la televisión. Sin embargo, me cuido siempre de emitir una sentencia antes de observar la obra y hago un esfuerzo por desprenderme de todos mis prejuicios. Además, vale decir que me agrada que se esté haciendo más cine y más variado en nuestro país, y creo que la mejor manera de ayudarle a crecer, es mostrando sus puntos a favor, y señalando de manera constructiva aquellos que pueden mejorar.

¿Qué tal me pareció…? Apelando al lenguaje coloquial del buen limeño, debo decir que la pasé “de P#=$)?*% madre”.


Loco Cielo de Abril, como todas las películas peruanas, podrá todavía carecer del presupuesto de las grandes producciones de afuera, pero cuenta con un guión bastante ingenioso capaz de arrancarnos carcajadas. Sus personajes son sumamente frescos y están bien interpretados (lo cual refuerza mi teoría de que nuestro problema no son los actores, sino el facilismo de la tele nacional… pero ése es otro rollo).

Se percibe, además, el esfuerzo del director por implementar las técnicas aprendidas de uno de sus maestros favoritos: Woody Allen. El diálogo en que la protagonista y el muchacho descubren que sus casas están para lados opuestos… ¿Acaso no recuerda a Annie Hall? Y esos planos en los que el personaje se acerca a la cámara y nos habla de tú a tú… Se nota la influencia, pero no empalaga; por el contrario, pega; creo que remueve el filin de quienes reconocemos la huella. Quizás lo único que no me convenció del todo fue el uso exagerado de desenfoques… Según el director, esto representa la confusión y la búsqueda de un personaje específico de enfocarse. Sin embargo, creo que por ratos se cayó un poco en el exceso.


Ahora… ¿De qué va esto? Pues de la vida. De aprender a sentir la vida.

Abril (Fiorella Rodríguez) es una mujer que todo el tiempo ha tenido que aguantar. Aguantar a un  marido inseguro e infiel, la traición de una hermana, la dependencia… Es alguien que se la ha pasado viviendo para los otros y nunca escuchándose a sí misma… Hasta que descubre algo que le cambia de rumbo en 180°, de un modo repentino; una revelación tan fatal como liberadora.


A partir de entonces todo cambia. Ella adopta una actitud distinta: “Hago lo que me da la gana”. Y en ese preciso momento, conoce a Bruno (Ariel Levy), un joven chileno con varios problemas personales.

En un país extranjero, con un trabajo que no le llena y tratando de actuar siempre con madurez, Bruno se siente tan presionado, que la actitud de Abril le deslumbra. Digamos que esta relación –si ignoramos el fondo dramático del asunto- recuerda un poco a la de Ben Stiller y Jennifer Aniston en Mi Novia Polly, aunque las persecuciones que se mandan el uno al otro (o, mejor dicho, Bruno a Abril, acosándola todo el tiempo) traen a la mente también alguna secuencia de Silver Linings Playbook (El Lado Bueno de las Cosas… con Jennifer Lawrence y Bradley Cooper).


Bruno quiere aprender de Abril. Quiere aprender a complicarse menos la vida y apreciar cada instante. Pero no conoce los verdaderos motivos de ella. La única persona que parece comprender a Abril a fondo, es la alocada Viviana (Ximena Díaz); esa mujer que nos rompe los esquemas por el contraste que la caracteriza: es la mejor amiga que todos queremos tener, pero a la vez la pareja irresponsable que nadie quisiera tener. Debo decir que este personaje me pareció especialmente divertido; le añade esa descarga de humor hilarante a la historia.


Por otra parte, están Carlita (Valeria Bringas) y su hermano, Omar (Rodrigo Sánchez Patiño). Ella, la novia perfecta: encantadora, bonita, inteligente y con buen carácter. El hermano es un caso: un matón con el ego más grande que la Torre Eiffel, pero a la vez con un sentimiento de culpa que llega a sugerir alguna segunda intención. Los diálogos entre él y el coprotagonista precisamente causan gracia por su sugestión. A ratos ya no sabemos si trata de interceder por la hermana o si habla por sí mismo. En todo caso... es interesante cómo el filme nos deja esa pregunta en el aire.


Para concluir, quisiera decir que la música me gustó bastante. Big Bang Films sabe elegir las canciones de acuerdo a la temática y a la atmósfera que quiere transmitir. El tema Depresión, de Mon Laferte es preciso en esa cómica secuencia de Carlita borracha en el karaoke. Creo que es una escena con la que todos nos identificamos… ¿Quién no ha cantado (chillado) ebrio y despechado y hecho sangrar oídos…? Quien diga que no, que lance la primera piedra.

En fin… creo que se van a divertir bastante con esta pela. Recuerden que el buen cine no se basa tanto en los efectos; éste es un recurso que caracteriza más que nada a Hollywood y que debe ser tomado como ingrediente, mas no como paquete. Una buena obra se justifica, sobre todo, en una historia atractiva, que engancha y que conecta con nosotros… que logra que nos sintamos un poco en ella.

Fin.


martes, 12 de febrero de 2013

Django sin cadenas

El nuevo cowboy de Tarantino


Por: Alexiel Vidam

Django Unchained (como la mayoría de películas Tarantino, me atrevería a decir), es un filme para apreciar en la pantalla grande, para gozar, de la manera más vivencial posible, de la fuerte emoción de sus personajes, de la intensidad de las escenas, y de  todos esos elementos de ambientación que nos trasladan, mentalmente, a un imaginario Lejano Oeste. Django (Jamie Foxx), es un osado vaquero negro que vive mil y un aventuras con tal de salvar a su damisela (Broomhilda). En esta expedición, le acompaña su ex amo y nuevo amigo, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz), un cazarrecompensas de origen alemán.

Con Inglorious Basterds, Tarantino ya nos demostró que se pasa por alto la Historia (ahí tenemos a una caricatura de Hitler siendo asesinado en un cine por una judía-francesa y su amante negro), mostrándonos una versión alternativa y burlesca de los hechos. La genialidad de Tarantino está, en que precisamente, por más tirada de los pelos que pinte la situación que nos plantea, se hace verosímil dentro de su universo; nos convence de que así fue (o de que así pudo pasar), añadiendo ese toque de humor sarcástico que sazona sus obras, y que coloca a personajes poco comunes (gangsters, cazarrecompensas, samuráis, soldados nazis, etc.) en escenarios tan ridículos o tan cotidianos, que no hay manera de no identificarse.

En esta ocasión, el director no sólo quiso tomarse sus libertades históricas; también hizo salvedades con varios elementos del spaghetti western (“películas de vaqueros rudos”), uno de los géneros más clásicos del cine. Django, personaje muy recurrido en este tipo de filmes, es originalmente un vagabundo que busca vengar la muerte de su esposa, y se ve inmiscuido en un pleito entre bandidos; el personaje tuvo tanto éxito, que fue resucitado en una serie de secuelas y remakes, destacando entre ellas el filme japonés Sukiyaki Western Django (lanzado en 2007 y dirigido por Takashi Miike), que contó con la colaboración de Tarantino en un pequeño papel de reparto.

Quizás animado por su participación en este filme (y por su propia afición a al spaghetti western), es que Tarantino decide traernos su propia versión de Django, esta vez, encarnado en un esclavo negro que obtiene su libertad cuando acepta convertirse en socio del Dr. King Schultz, un dentista en retiro que ahora ejerce de cazarrecompensas, y que solicita su apoyo para reconocer a unos bandidos cuyo rostro no ha visto jamás: los hermanos Briddle.

Una vez concluido el compromiso de Django para con Schultz, éste se ofrece a acompañarle a Misisipi, para encontrar y liberar a su esposa Broomhilda (Kerry Washinton), quien ha sido vendida como “esclava de complacencia” a Calvin Candie (Leonardo Di Caprio), un rico hacendado con afición por las peleas de “mandingos”.



Bandoleros, cazarrecompensas, y esclavistas apostadores


De todas las películas de Tarantino que he visto, ésta es en la que percibo mayor evolución de los personajes, así como matices dentro de los mismos, y contrastes de unos con otros. Django y Schultz son personajes que se transforman progresivamente a lo largo del filme.

Django es, de inicio, un esclavo resentido, marcado por el maltrato que recibían los de su raza en aquella época, pero a la vez, inocente, con una clara tendencia hacia el bien, y desconcertado por el oficio de su nuevo amo. El Dr. King Schultz, por su lado, es un alemán educado, que mata por dinero (a bandidos culpables de asesinato y robo), pero con un extraño sentimiento de solidaridad hacia los negros, y desprecio por la esclavitud. Es interesante la manera en que fluye la amistad entre ambos personajes, tan diferentes, y a la vez tan similares. Django es un marginado, y Schultz es un extranjero solitario y con un oficio mal visto. Además, identifica a Django con el héroe de una antigua leyenda germana: Sigfried, quien debía salvar a una princesa cuyo nombre también era Broomhilda. Aquí cabe resaltar también la ironía del director, ya que el personaje de Schultz es interpretado por Christoph Waltz, quien, en su película anterior (Inglorious Basterds), interpretara al Coronel Hans Landa, el sanguinario oficial de la SS.

Según avanza el filme, los compinches –Django y Schultz- se conocen, interactúan y absorben rasgos el uno del otro. Django aprende de King la habilidad con las armas, la sangre fría a la hora de realizar su “trabajo”, y se va convirtiendo, cada vez más, en un tipo duro capaz de sacrificar a inocentes para lograr su fin. El Dr. Schultz, por su parte, sufre un “proceso a la inversa”; mientras Django se va endureciendo, Schultz se va sensibilizando. Él, a pesar de ser un matón, siente piedad por los inocentes, dejando de lado sus propios intereses con tal de salvar una vida preciada.

Del lado de los “villanos” los contrastes también son fuertes. Tenemos a un Calvin Candie (Leonardo Di Caprio) que se presenta como un sujeto hospitalario y carismático. Es un hombre de la alta sociedad, adinerado y con buenos modales, pero con sus esclavos es un tirano ruin y maltratador. El manejo gestual de Di Caprio es sumamente interesante, pues nos presenta a un personaje atractivo físicamente, pero de grotescos ademanes, que en cada parpadeo resalta su esencia retorcida.  Stephen (Samuel L. Jackson) por su parte, viene a ser algo así como “la mascota inteligente de Calvin”. Calvin no es muy brillante; Stephen sí lo es, es un esclavo astuto, pero completamente sumiso; venera a Calvin con efervescencia fanática, apoyándoles en todas sus decisiones, aplaudiendo sus comentarios, y ayudándoles a castigar a los otros esclavos. Es un personaje de expresiones cómicas, que sin embargo, se hace odiar.



Huellas cinematográficas

Tarantino es un director que disfruta con las referencias a la cultura pop; especialmente a otros filmes, clásicos, o de su propia creación. En Django Unchained no sólo tenemos el nombre del propio Django, o la aparición de este “Tío Tom Diabólico” que –según Ricardo Bedoya- es Stephen. El filme ha tomado música del Django clásico y la ha combinada de manera inteligente con ritmos mucho más actuales como el R&B, aportando dinamismo al desarrollo de las escenas.

En cuanto a la parte visual, se presenta la típica secuencia del western en que el héroe y su fiel compañero viajan a caballo a lo largo de un rojo paisaje de atardecer, con las montañas alrededor y la narración de su desplazamiento descrita en letras que se trasladan de manera ascendente sobre la imagen. Aparecen actores “invitados” a manera de homenaje, como la actriz Amber Tamblyn (hija del actor Russ Tamblyn, quien protagonizó El Hijo del Pistolero en 1965), y el propio Franco Nero, quien interpretó a Django en la versión original de 1966 (dirigida por Sergio Corbucci). Por si fuera poco, hacia el final de la película, Tarantino nos deleita con una escena de acción que recuerda claramente al enfrentamiento entre “La Novia” y el escuadrón “Loco 88”, en Kill Bill.


En conclusión… sea por nostalgia, o por el “género tarantinezco” en sí, les recomiendo ver esta película. Véanla en el cine, y si pueden, véanla más de una vez. Es un filme para gozar en grande.