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sábado, 10 de octubre de 2015

“Good Bye, Lenin!”, el derrumbe de un sistema y de una vida



Por: Oriana Salomón

Desde los primeros segundos en que inicia la película, Good Bye Lenin!, nos transporta a otra época; una época en la que el mundo estaba dividido, así como el Berlín en el que se desarrolla la historia. Ésta gira en torno a una familia de la República Democrática Alemana: Christiane, una mujer abandonada por su marido, socialista, fiel al Partido y a sus ideales; y sus dos hijos, Alex y Ariane. Todo se inicia en octubre de 1989. Christiane queda en coma tras ver a su hijo siendo arrestado en una marcha contra Erich Honecker, líder comunista y representante de todos los ideales de la mujer.




Mientras Christiane está inconsciente en el hospital, todo se transforma: junto con el muro, su mundo se derrumba; el capitalismo ha ingresado a Alemania Oriental. Así, las vidas de sus hijos se adaptan al nuevo contexto: Ariane deja la universidad y se dedica a trabajar en Burger King; Alex trabaja en una empresa instalando los nuevos servicios de televisión satelital, y se enamora de Lara, enfermera de su madre. Todo continúa su rumbo; sin embargo, luego ocho meses de caer en el coma, Christiane vuelve en sí.


Hasta el momento previo a que Christiane despierte, la película tiene un tono realista y casi documental. Con un narrador testigo –el propio Alex-, nos enteramos de la historia familiar de los protagonistas, a la par que de la historia política y social de la Alemania comunista. Personalmente, esta parte me resultó muy interesante, ya que soy de una época “post-muro de Berlín”. Es por esto que para mí, el comunismo siempre ha sido parte de la historia, mas no una realidad palpable (en esa época no era necesario vivir en un país del bloque comunista para tener presente la lucha de los dos gigantes por la hegemonía); sin embargo, la agilidad con la que Alex lo narra, además desde el punto de vista de su propia vida, hace que lo sintamos como propio y nos identifiquemos con su realidad.



Luego de que Christiane despierta, la película se desarrolla hacia su verdadera temática: el amor inmenso e incondicional de un hijo por su madre. Para evitar que ella vuelva a sufrir un infarto, ésta no puede enterarse de todos los cambios que han ocurrido en Alemania. Por ello, Alex construye un mundo de fantasía en el cual todavía existe el Comunismo: usa frascos antiguos que rellena con los nuevos productos importados, monta una cadena de noticias falsa con un amigo cineasta, le oculta los carteles y anuncios de las nuevas marcas que han ingresado a la economía. En resumen, hace de todo lo posible e imposible porque todos los ideales y metas que persiguió durante su vida no se destruyan.


La película me conmovió mucho, ya que en cada acción que realiza Alex, se transmite el amor que siente por Christianne, al punto de sacrificar su vida personal y transformar toda su realidad en un montaje para lograr la felicidad de ella. Además, la película es genial en su manejo del humor: muy sutilmente y sin caer en vulgaridades –como en mucho del cine hollywoodense al que estamos acostumbrados-, se muestra satíricamente una de las épocas de transición más importantes del siglo pasado. Para mucha gente, especialmente para los antiguos camaradas del partido socialista, como se ve en la película, este cambio fue terrible. Sin perder su humor la película nos hace llegar este mensaje: cuando vemos llorar a la amiga de Christiane a quien le dicta las cartas, no podemos evitar sentir empatía y compasión por la pobre anciana, que ya no tiene nada más por lo que creer o luchar en el mundo.


Un aspecto que me gustó especialmente de la película fue el manejo del sonido. La música como recurso expresivo no pierde precisión ni en una sola escena: en los momentos de tensión, como en la marcha de protesta donde apresan a Alex, nos pone alertas; en los momentos emotivos, como cuando la madre despierta, nos pone a la expectativa y luego transmite paz, entre muchos ejemplos que se podrían mencionar. Además, en los diálogos más importantes de la película, la música se apaga y nos hace centrar la atención en la acción desarrollada.

Alex (Daniel Brühl)

Es también preciso el uso de la cámara rápida en diversas escenas, ya que transmite una sensación de aceleración y paso del tiempo. Como la película transita entre dos realidades (el comunismo y el capitalismo; el pasado y el presente), este recurso nos pone conscientes de la rapidez con que se dieron los procesos (misma premura con la que debe trabajar Alex para reconstruir el pasado). Se trata de un cambio brusco en el cual el pasado (Christiane) y el presente, no se empatan.


La escena que más me tocó de la película, y por la cual se le ha dado el nombre de Good Bye Lenin!, es cuando Christiane sale a la calle y ve el helicóptero que está retirando la estatua de Lenin, que parece estarla saludando. Así, por fin se empata el pasado con el presente; Chrtistiane se da cuenta de que algo raro está ocurriendo, y que las cosas ya no son como ella las conocía. En conclusión, la película es una oda al amor de un hijo hacia su madre y una enseñanza para todos, que nos muestra que aun cuando todo nuestro mundo conocido se derrumba, si hay alguien que nos ama realmente, podremos continuar.



Ficha técnica:

Dirección: Wolfgang Becker
Producción: Stefan Arndt
Guión: Wolfgang Becker, Bernd Lichtenberg
Música: Yann Tiersen, Claire Pichet
Fotografía: Martin Kukula
Montaje: Peter R. Adam
Reparto: Daniel Brühl, Katrin Sass, Chulpan Khamatova, Alexander Beyer
País: Alemania
Año: 2003
Idioma: Alemán
Género: Drama, comedia

miércoles, 30 de octubre de 2013

Coraje



Sophie Scholl y La Rosa Blanca



Por: Alexiel Vidam

Casi todas las películas de la II Guerra Mundial nos hablan de alemanes xenófobos y genocidas. Raro es encontrar una historia en la que un alemán sea el héroe. Sophie Scholl: Los Últimos Días, rompe con el esquema. Es un biopic que relata los últimos días de vida de Sophia Scholl, una de las principales cabecillas del movimiento antinazi La Rosa Blanca.

Una de las  primeras cuestiones que llamó mi atención de Sophie Scholl: Los Últimos Días, fue el hecho de encontrarme ante una historia de héroes alemanes. En el contexto de la II Guerra Mundial, esto es bastante raro. Estamos acostumbrados a que todo los alemanes sean nazis –vale decir, “los malos”- y a que los buenos sean siempre judíos o norteamericanos. Ésta es una historia de héroes alemanes enfrentándose a su propio régimen. De alemanes bastante jóvenes, además. Sophia Magdalena Scholl (“Sophie”) tiene 21 años, y su hermano Hans tiene 25. El resto de sus compañeros, todos personajes históricos, al igual que ellos, son también estudiantes universitarios en su mayoría. Ellos forman parte de La Rosa Blanca, movimiento pacifista que, durante la II Guerra, buscó derrocar al régimen nazi, únicamente, mediante la propagación de sus ideas.


Al inicio del filme, vemos a los hermanos Scholl reunidos con otros dos compatriotas planeando la repartición de octavillas ideológicas. Hans Scholl (Fabian Hinrichs) quiere repartirlas en la universidad, y uno de sus colegas le dice que es una locura. Ellos ya han estado repartiendo panfletos por distintas ciudades alemanas y han puesto en alerta a la Gestapo. No obstante, Hans decide asumir la responsabilidad, y Sophia (Julia Jentsch) decide ayudarle. Ella llevará la maleta llena de octavillas, ya que considera más difícil que sospechen de una mujer. 


En la universidad, casi consiguen su objetivo, pero el entusiasmo les gana. Por llegar al mayor número de gente, deciden dejar panfletos en el último piso del edificio a escasos minutos del toque de campana. Por si fuera poco, Sophia arroja varios de ellos desde lo alto de la escalera y es percibida por uno de los maestros.

Los hermanos Scholl son arrestados.


Lo que viene después es una suerte de guerra personal entre Sophia Scholl y Robert Mohr (Gerald Alexander Held), penalista encargado de su interrogatorio. A pesar de ser frentes opuestos, observamos que Mohr admira a Sophie: su inteligencia, tenacidad, la valentía con la que asume todas las responsabilidades y se niega a entregar a sus compañeros. Mohr, nazi acérrimo, siente que necesitan jóvenes así en sus filas, y demuestra cierta compasión hacia la protagonista, quien le recuerda un poco a su propio hijo. 

Robert Mohr (Gerald Alexander Held)

Aquí es donde se luce más la agudeza y el corazón noble de Sophie, cualidades que le han convertido hasta el día de hoy en una heroína de su país (cabe anotar que en Alemania hay varias calles y plazas cuyos nombres hacen honor a los hermanos Scholl y otros miembros de la Rosa Blanca). Pero no por resaltar el carácter heroico de la protagonista, se deja de lado el dramatismo de la situación. Frente a sus verdugos y opositores, Sophia es infalible, pero en sus momentos de soledad, sentimos claramente su tristeza, su angustia, su preocupación por sus familiares y seres queridos. Ella teme que los nazis persigan a sus padres, y protege a capa y espada las identidades de quienes le han ayudado. Ella sabe que si persiste morirá, pero lo deja de lado. Siente orgullo por sus acciones, y afirma que, si pudiese volver en el tiempo, lo repetiría todo.  

  
Es imposible no conmoverse o identificarse con los hermanos Scholl (y en especial con Sophia). Su propia celadora decide romper las reglas y les otorga instantes en la misma celda, junto a su otro compañero arrestado: Christoph Proust (Florian Stetter). Observamos también el rostro apagado de Mohr cuando Sophie se despide de sus padres. Los ojos de tristeza de la madre de los Scholl es memorable, y aquella frase en que dice a Sophie que nunca más llamará a su puerta. 

El abazo de despedida: Christoph, Hans y Sophie

No hay vuelta que darle; los jóvenes lo llevan hasta las últimas consecuencias, y dejan marcada una frase que suena a premonición: “Donde hoy estamos… estarán ustedes mañana” (Hans y Sophia Scholl a los miembros del tribunal).



Ficha técnica:

Dirección: Marc Rothermund
Producción: Fred Breinersdorfer, Sven Burgemeister, Christoph Müller, Marc Rothermund
Guión: Fred Breinersdorfer
Música: Reinhold Heil, Johnny Klimek
Protagonistas: Julia Jentsch, Fabian Hinrichs, Gerald Alexander Held, Johanna Gastdorf
País: Alemania
Año: 2005
Género: Drama 



Trailer:





Véanla ustedes mismos:


 Sophie Scholl: Los Últimos Días (película completa)

miércoles, 28 de marzo de 2012

EdúKate


Los años de opulencia han llegado a su fin….
 
 
Por: Alexiel Vidam

Jule (Julia Jentsch) es camarera en un restaurante para ricos. Vive en un departamento que a duras penas consigue mantener. La mayor parte de su dinero, va a pagar una deuda de cien mil euros que tiene con un ricachón al que, casualmente, le chocó el Mercedes. Incapaz de seguir pagando el apartamento, debe mudarse momentáneamente con su novio Peter (Stipe Erceg), quien a su vez convive con su amigo Jan (Daniel Brühl). Jule piensa que Peter y Jan trabajan por las noches pegando carteles. No imagina que se infiltran en las casas de los millonarios para ocasionar desorden y hacerles saber que sus días de opulencia pronto terminarán.

De izquierda a derecha: Jan (Daniel Brühl), Jule (Julia Jetsch),
y Peter (Stipe Erceg).
¿De qué va esto?

Peter y Jan, son Los EduKadores, dos jóvenes rebeldes al sistema capitalista, que vigilan las casas de los ricos por las noches, investigan sus sistemas de seguridad, y las salidas de sus dueños. Se cubren el rostro e ingresan en ellas cuando no hay nadie. No roban nada, pero dejan todo hecho un caos, y una nota con alguna frase del tipo “sus días de opulencia pronto terminarán” o “tienen demasiado dinero”, y firman con su pseudónimo. Su objetivo es causar terror psicológico en quienes acumulan egoístamente en lugar de ayudar a otros.

Jule, la novia de Peter, vive día a día la explotación y el estrés de las deudas. Casi todo el dinero que gana trabajando como camarera, se destina a pagarle el Mercedes a un ricachón con quien chocó accidentalmente. Por si fuera poco, el dueño de su apartamento la echa por su retraso en las rentas.

Quedando sin domicilio, Jule se muda a vivir con Peter. Ambos habían planeado visitar Barcelona (todo por cuenta de Peter), pero Jule debe quedarse a desalojar el departamento, y Peter termina viajando solo (por insistencia de ella). Jan, el amigo de Peter, la ayuda a hacer la mudanza, la apoya cuando pierde el trabajo, la acompaña a cenar, y ambos empiezan a tener largas e interesantes conversaciones acerca de las injusticias del sistema. Es entonces cuando Jan le rebela a Jule que él y Peter son Los EduKadores (hasta el momento, ella pensaba que trabajaban pegando carteles por las noches).

Impresionada por la noticia, Jule le pide a Jan entrar juntos en la casa de Hardenberg (Burghart Klaußner), el sujeto con el que se encuentra endeudada. Jan inicialmente se niega, pero termina cediendo a las insistencias de Jule. Disfrazados como Los EduKadores, ingresan en la casa (luego de anular las alarmas), y hacen la labor de siempre (bueno, esta vez se afanaron un poquito más de la cuenta, por tratarse de un caso personal). Luego huyen rápidamente, y todo parece haber salido a la perfección. Repito: PARECE.

A la mañana siguiente, Peter llega de Barcelona. Jule llama a Jan aparte y le dice que ha olvidado su celular en la casa del ricachón. Tienen que regresar, y esta vez la suerte los agarra salados. Hadenberg vuelve antes de lo planeado, y los encuentra con las manos en la masa. Jan consigue knockearlo momentáneamente, pero al no encontrar solución inmediata, no les queda otra que llamar a Peter para que les eche una mano.


Reunidos los tres, y en un momento de descuido, Hardenberg marca a la policía, por lo cual los tres EduKadores terminan huyendo despavoridos y secuestrando a Hardenberg para que no abra la bocota.

Ahora están en un verdadero lío… Han secuestrado a un pez gordo y no saben qué hacer con él. Además, para echarle un poquito más de picante al asunto, se arma un tremendo conflicto sentimental, pues en medio de todo el rollo, Jule se ha enamorado de los dos chicos.


Una joyita del soundtrack: "Hallelujah", interpretado por Jeff Buckley


De derechas, izquierdas, singularidades y clichés

Los EduKadores (en alemán Die fetten Jahre sind vorbei –“Los años de abundancia han pasado”-) es uno de esos filmes que he visto como cinco veces. No me parece lo que se diría “UN PELICULÓN”, pero es una película que atrapa por su espíritu juvenil y rebelde, que critica al sistema y a la sociedad de una manera bastante original. No nos presenta a un grupo violentista, ni peca de convertir a sus protagonistas en criminales comunes. Los EduKadores no pretenden ser Robin Hood ni el Che Guevara. Ellos no colocan bombas ni roban a los ricos para dar a los pobres. Su modo de hacer las cosas es más sofisticado y original. Los EduKadores trabajan con el miedo, pero también, con la reflexión. Ellos quieren que sus “víctimas” tiemblen al saber que alguien los observa, pero también quieren que sean conscientes de que, a pesar de que conocen perfectamente cada rincón de su casa, han sido incapaces de llevarse alguna de sus cosas o de agredir a quienes la habitan. Éste es, para mí, el punto más rico del filme.

En cuanto a la estética, podemos destacar el afán del director por transmitir realismo. No es una película de marcados efectos especiales ni juegos de tiempo. La historia se narra de manera lineal (salvo por los diálogos que sí mencionan eventos pasados, como el choque del auto de Jule con el Mercedes de Hardenberg), y sin embargo, el ritmo es bastante ágil. Se puede apreciar por ahí algún corte brusco entre toma y toma, como si, en lugar de tratarse de una filmación, se tratase de una grabación casera captando la cotidianidad. Estos cortes, no casualmente, se reducen en aquellas escenas en que ocurren sucesos excepcionales, como la actuación de Los EduKadores, el secuestro, y las consecuencias del mismo. La música entra de manera muy disimulada, y sólo para enfatizar la intensidad o el dramatismo de ciertas escenas (cabe destacar el tema “Hallelujah”, interpretado por Jeff Buckley, una joyita de la banda sonora); en otros casos, la música de fondo coincide convenientemente con la que están escuchando los protagonistas en la radio. Las actuaciones, por su parte, son bastante naturales; uno tiene la impresión de que, fuera de su rol revolucionario, bien podríamos encontrarnos con cualquiera de los EduKadores por la calle.

Lo que sí quisiera criticarle al filme, es la aparición de ciertos clichés demasiado marcados que le quitan verosimilitud al relato, como los diálogos recargados de romanticismo e idealismo, hasta el extremo de caer en lo cursi. Esto va de la mano con una idealización de los valores de la izquierda, y una satanización del estilo de vida de la derecha. Los de la izquierda son los “buenos”, los solidarios, los sensibles, los soñadores, los justos… los de la derecha son los “malos”, los egoístas, los abusivos, los explotadores, los despilfarradores, y, sobre todo, los hipócritas; los que de jóvenes creyeron fervientemente en un ideal, y de viejos se vendieron al sistema. Ésta no es una crítica a la postura del filme; el autor puede darle a la historia el punto de vista que quiera, y reflejar sus ideas políticas como prefiera; la crítica va por el lado de que la representación en escena, sumada a los diálogos, llega a parecer tan exagerada o parcial (sólo se muestra un lado de cada postura política), que pierde credibilidad.
Ficha técnica:

Título original: Die fetten Jahre sind vorbei (Los años de abundancia han pasado)
Título traducido: The EduKators/Los EduKadores
Dirección: Hans Weingartner
Guión: Katharina Held, Hans Weingartner
Música: Andreas Wodraschke
Protagonistas: Daniel Brühl, Julia Jentsch, Stipe Erceg
País: Alemania-Austria
Año: 2004
Duración: 127 min.



Un regalito especial de Cinematosis: The EduKators, la película completa.